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{octubre 7, 2008}   TUS HIJOS Y SUS PENAS DE AMOR, APRENDE COMO AYUDARLOS

No es fácil. Ni para los jóvenes ni para sus papás. Porque a nadie le gusta ver al hijo sufrir. Y menos por amor. Por eso cuando los hijos adolescentes terminan el pololeo, la presencia de los padres es muy importante para que salgan adelante. Sin embargo, no siempre se sabe qué hacer y qué decir para apoyar al joven que está sufriendo. Preguntamos a padres que han pasado por este proceso y nos contaron cómo actuaron ellos y qué aconsejan a quienes se ven enfrentados por primera vez a una situación similar.

Acoger
Fundamental para que el hijo o hija se abra es que se sienta acogido por sus padres. Esto no implica sobreproteger al extremo de ahogarlo. Significa escuchar, contener, “ser orejas”, sin dar grandes sermones. Porque generalmente no están buscando consejos, sino que lo que necesitan es sentirse oídos.
Aunque en un primer momento puede que la conversación no fluya, la sola presencia de la mamá o del papá puede inducir a un acercamiento que sirva para que comparta su pena y su sufrimiento. La acogida tampoco debe traducirse en una invasión, ya que puede producir el efecto contrario: que se sienta vigilado y se cierre a la posibilidad de confiar a sus padres lo que está sintiendo. En este momento es importante que los papás mantengan la cabeza fría. Porque muchas veces van a sentir la necesidad de decir lo que piensan respecto a lo que fue el pololeo o sobre el o la “ex”, lo que en este período no es conveniente. Las descalificaciones son contraproducentes. Aunque se tenga la certeza de que el pololo no le convenía.

Al acoger al hijo o hija que está sufriendo por lo que considera una pérdida, los padres a la vez observan cómo está viviendo el proceso y los recursos con que cuenta para enfrentar la angustia y salir adelante. Esto sin olvidar que existe un período normal de mucha tristeza, por lo que no hay que desesperarse.

No minimizar
Hay ocasiones en que los padres, cuando ven que sus hijos están tristes o bajoneados, tienden a bajarle el perfil a la situación que están enfrentando. Sin embargo, en la etapa de “duelo” que el joven está viviendo tras la ruptura, no es aconsejable que se minimice el problema, lo que tampoco implica ponerse a llorar con él. Hay  que involucrarse con su sufrimiento, compartirlo, pero sin llegar a extremos.
Nada peor que ridiculizarlos, ya que para ellos el momento por el que están pasando es grave y doloroso. Por eso,  hay que hacer lo posible por entender el proceso, acordarse de cómo se sufrió cuando se tenía esa edad con las penas de amor.
La empatía en estos momentos es fundamental para que el hijo o hija sienta que es comprendido y acoja de mejor manera las palabras de consuelo y apoyo. La idea es no agrandar el problema ni paralizarse, manteniendo la cabeza fría, diciéndoles “tienes toda la razón de sentir pena, de patalear y gritar; pero la serenidad es la que en definitiva nos ayuda a levantarnos después de las caídas”. La lástima tampoco es beneficiosa. El joven no busca que sientan compasión. Hay que transmitirles tranquilidad a la vez que la certeza de que pueden volver a querer y ser queridos. “El príncipe azul existe y llega en el momento oportuno; no hay que desesperanzarse”. A fin de cuentas, lo que necesita es apoyo y aliento; que se le ayude a comprender que después de la tormenta siempre sale el sol.

Rescatar lo positivo
Después de una ruptura o pelea con el pololo, el joven puede llegar al extremo de sentir un profundo rechazo por el “ex” y tener la sensación de que la relación fue una pérdida de tiempo. Aunque muchas veces los padres también pueden sentir lo mismo, sobre todo si ven al hijo o hija sufrir por causa de ellos, es aconsejable que se le ayude a buscar los aspectos positivos y beneficiosos que tuvo el tiempo que duró el pololeo. Recordarles que es la suma de las experiencias la que forma la biografía de cada persona que, por lo tanto, lo vivido durante ese pololeo ya forma parte de las herramientas con las que contará más adelante.
Siempre hay aspectos buenos que se pueden destacar, tanto de la relación pasada como de la pena que en ese momento está enfrentando. Asumir que la experiencia sirvió para conocer y aprender emociones nuevas; y que el dolor que puede estar sintiendo, a la larga, puede traducirse en la fuerza que el día de mañana va a necesitar para sobreponerse a otro momento igual o peor. Si el pololeo es visto como una instancia de maduración y aprendizaje -lo que en realidad es- ayuda a ser capaz de darle un sentido a la sensación de pérdida que se produce tras la ruptura.

Que salga
Es frecuente en los jóvenes, después de terminar con el pololo o polola, que se den un tiempo sin salir, sobre todo con personas del sexo opuesto. Una especie de “duelo” o “luto”. Esta opción es válida, por lo que no hay que forzarlos en ese sentido. Lo que sí se puede hacer, y de hecho es aconsejable, es preocuparse de que el tiempo libre no lo pase encerrado en su pieza, pues puede ponerse monotemático y obsesivo. ¿Cómo hacerlo? Invitándolo a salir. Aprovechar de ir a comer fuera, hacer algo juntos el fin de semana. Para muchos, es una ocasión de lujo para estrechar lazos entre los padres y los hijos. Hay que entusiasmarlos a que salgan a distraerse, que acompañen a buscar a los hermanos chicos; involucrarlos en el quehacer diario ayuda a que no se cuestionen demasiado y pasen el día pensando en lo que pudo ser y no fue. Hay que tratar de mantener las rutinas y si han estado encerrados en un pololeo muy largo, ayudarlos a recuperar los espacios perdidos. Incluso, se puede aprovechar el tiempo libre -que antes pasaba con el pololo o la polola- realizando actividades nuevas que ayuden a atenuar la soledad.
Cicatrizar las heridas de una ruptura toma tiempo. Las personas necesitan estar solas; es un tiempo de ajuste y de organización personal. No obstante, los padres deben estar atentos: si notan que el período de angustia o de bajón dura mucho es prudente pedir ayuda a un especialista.

Marcas que hay que borrar
> No todo pololeo deja experiencias positivas. Hay pololeos extremadamente absorbentes, celosos, tormentosos, llenos de peleas, que dejan la triste y errada idea de que el amor siempre será así. Igualmente, cuando el pololeo termina por un engaño, puede quedar un profundo temor de volver a ser engañado. Y cuando en el pololeo se buscó satisfacer parcial o totalmente el deseo sexual, al mirar hacia atrás el hijo o hija se sentirá usado, manoseado, roto por dentro.
Por eso, cuando a la herida de amor se suma un dolor mayor, producto de alguna de las situaciones mencionadas, habrá que buscar identificar el problema. Sólo así se podrá ayudar al hijo y permitir que más tarde pueda enfrentar un nuevo pololeo, sin estas marcas que impiden una relación sana y estable.



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